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Malinche [Secure eReader (recommended)/Mobipocket/Microsoft Reader]
eBook by Laura Esquivel

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eBook Category: Romance
eBook Description: When Malinalli, a member of the tribe conquered by the Aztec warriors, first meets Corts, she--like many--believes that he is the reincarnated forefather god of her tribe. Naturally, she assumes that her task is to help Corts destroy the Aztec empire and free her people. The two fall passionately in love, but Malinalli gradually comes to realize that Corts's thirst for conquest is all too human. He is willing to destroy anyone, even his own men, even their own love. Throughout Mexican history, Malinalli has been reviled for her betrayal of the Indian people. However, recent historical research has shown that her role was much more complex; she was the mediator between two cultures, Hispanic and Native American, and two languages, Spanish and Nhuatl. Bursting with lyricism and vivid imagery, Malinche finally unveils the truth behind this legendary love affair.

eBook Publisher: Simon & Schuster, Inc./Atria Books
Fictionwise Release Date: May 2006


Available eBook Formats [Secure eReader (recommended)/Mobipocket/Microsoft Reader - What's this?]: SECURE MOBIPOCKET FORMAT [462 KB], SECURE MICROSOFT READER FORMAT [451 KB] - Requires Microsoft Reader 2.1.1 for PCs, or Microsoft Reader 2.2.2 on Pocket PC 2002 handheld devices. Some older Pocket PCs can be upgraded. Learn More., SECURE EREADER (RECOMMENDED) FORMAT [427 KB], OEBFF Format (IMP) [435 KB]
All formats: Printing DISABLED, Read-aloud DISABLED
Microsoft Reader ISBN: 9780743299916
Mobipocket Reader ISBN: 0743299914
eReader ISBN: 9785551518945
GEOGRAPHIC RESTRICTIONS: The publisher of this eBook only allows sale to customers in: US, CA, PR, VI, GB, AU, NZ, UM


NOTA DE LA AUTORA

Adentrarme en el que fue—o pudo haber sido—el mundo de la Malinche, resultó una experiencia fascinante. Imaginar qué estrellas miraba, cuáles flores eran sus preferidas, cuál su comida favorita, qué significaba en su hacer cotidiano el encender el fuego. A qué dioses se dirigía en momentos de angustia y de pronto tomé conciencia que la imagen que debió haber tenido en su cabeza de cualquier dios, tuvo que haberla visto en un códice o en una escultura.

En la historia de las culturas que poblaron el continente americano antes de la llegada de los europeos, la memoria de la tribu se preservaba o a través de la tradición oral o por medio de imágenes, no de palabra escrita. Por ejemplo, para los antiguos mexicanos, para narrar las epopeyas de sus pueblos era necesario elaborar imágenes. Todas sus experiencias quedaban plasmadas en trozos de papel, llenos de signos que representaban una forma del ser en el tiempo. A esos documentos se les llamaba códices y era tal la importancia de su elaboración, tanto en el proceso de concepción artística como en el de realización material, que los "escritores" de códices eran considerados seres excepcionales y, su actividad, sagrada; de hecho, estaban libres de pagar tributos a los estados, así de fundamental era su labor en la experiencia cultural de la América prehispánica.

Los códices conservaron todo el conocimiento de las culturas precolombinas. En los que se salvaron de la destrucción, podemos conocer desde las imágenes de los dioses o la historia de los emperadores, las formas de tributo o de curación, hasta las crónicas más desgarradoras de la llegada de los españoles, la caída de los imperios y el proceso de conquista. El códice es una forma sagrada de contar historias, historias profanas y sagradas. Por ello el códice simboliza un proceso de conciliación, unifica el esfuerzo mental de explicarse los hechos razonablemente con la experiencia artística y religiosa de expresar el mundo de las emociones, los sentimientos y la espiritualidad por medio de imágenes materiales, llenas de color y formas caprichosas.

Algunos historiadores han considerado que la imagen más importante para la conciliación cultural de la conquista española en tierras americanas y que es la imagen de la Virgen de Guadalupe, ha sido concebida y plasmada como una de las formas más sofisticadas de códice. En cada uno de los rasgos de la "Morena del Tepeyac" existen lenguajes cifrados que sólo eran accesibles al pueblo Mexica, aunque de ninguna manera quedaban fuera los sentidos que estaban dirigidos a los españoles, criollos y a la nueva raza de mestizos que ahora llamamos con justicia mexicanos.

Por esta razón, decidí era indispensable que un códice acompañara esta novela. El códice que la Malinche habría pintado. El que representaría en imágenes lo que las palabras narraban de otra manera.

Es la forma en que intento conciliar dos visiones, dos formas de narrar—la escrita y la simbólica—, dos respiraciones, dos anhelos, dos tiempos, dos corazones en uno.

UNO

Primero fue el viento. Más tarde, como un relámpago, como una lengua de plata en el cielo, fue anunciada en el Valle del Anáhuac la tormenta que lavaría la sangre de la piedra. Fue después del sacrificio que la ciudad se oscureció y se escucharon atronadoras descargas, luego apareció en el cielo una serpiente plateada que se vio con la misma fuerza en muy distintos lugares. Enseguida comenzó a llover de una manera pocas veces vista. Llovió toda la tarde y toda la noche y al día siguiente también. Durante tres días no cesó de llover. Llovió tanto, que los sacerdotes y sabios del Anáhuac se alarmaron. Ellos estaban acostumbrados a escuchar y a interpretar la voz del agua pero en esa ocasión sintieron que Tláloc, el Dios de la Lluvia, no sólo trataba de decirles algo sino que, por medio del agua, había dejado caer sobre ellos una nueva luz, una nueva visión que daría otro sentido a sus vidas, y aunque aún no sabían claramente cuál era, así lo sentían en sus corazones. Y antes de que sus mentes interpretaran correctamente la profundidad del mensaje, que el agua explicaba cada vez que se dejaba caer, la lluvia cesó y el sol resplandeciente se reflejó en la multitud de espejos, de pequeños lagos, ríos y canales que las lluvias habían dejado repletos de agua.

Ese día, lejos del Valle del Anáhuac, en la región de Painala, una mujer luchaba por dar a luz a su primogénito. La lluvia ahogaba sus pujidos. Su suegra, que actuaba como partera, no sabía si prestar oídos a su parturienta nuera o al mensaje del Dios Tláloc.

No le costó trabajo decidirse por la esposa de su hijo. El parto era complicado. A pesar de su larga experiencia nunca había asistido a un alumbramiento como ése. Durante el baño en temascal—inmediatamente anterior al parto—ella no había detectado que el feto viniera mal acomodado. Todo parecía estar en orden. Sin embargo, el esperado nacimiento se tardaba más de lo común.

Su nuera tenía un buen rato desnuda y en cuclillas pujando afanosamente y no lograba dar a luz. La suegra, previendo que el producto no pudiera pasar por la pelvis comenzó a preparar el cuchillo de obsidiana con el que partía en pedazos el cuerpo de los fetos que no alcanzaban a nacer. Lo hacía dentro del vientre de sus madres, para que éstas los pudieran expulsar con facilidad y de esta manera al menos ellas salvaran sus vidas. De pronto, la futura abuela—arrodillada frente a su nuera—alcanzó a ver la cabeza del feto emergiendo de la vagina y retrocediendo al momento siguiente, lo cuál le indicó que probablemente traía el cordón umbilical enredado en el cuello. De repente, una pequeña cabeza asomó entre las piernas de su madre, con el cordón umbilical entre los labios, como si una serpiente amordazara la boca del infante. La abuela interpretó esa imagen como un mensaje del dios Quetzalcóatl que en forma de serpiente se enredaba en el cuello y en la boca de la criatura. La abuela aprovechó la ocasión para meter su dedo y desenredar el cordón. Por unos momentos—que parecieron una eternidad—, nada sucedió. La fuerte lluvia era el único sonido que acompañaba los gemidos de la joven parturienta.

Después de que el agua habló, un gran silencio fue sembrado y sólo lo rompió el llanto de una niña a quien nombraron Malinalli por haber nacido en el tercer carácter, de la sexta casa.

La abuela dio voces de guerrero para informar a todos que su nuera, como buena guerrera, había salido vencedora en su combate entre la vida y la muerte. Enseguida abrazó el cuerpo de su nieta contra su pecho y la besó repetidamente.

La recién nacida, hija del Tlatoani de Painala, fue recibida por los brazos de su abuela paterna. La abuela presintió que esa niña estaba destinada a perderlo todo, para encontrarlo todo. Porque solamente alguien que se vacía puede ser llenado de nuevo. En el vacío está la luz del entendimiento y el cuerpo de esa criatura era como un bello recipiente en el que se podían volcar las joyas más preciosas de la flor y el canto de sus antepasados pero no para que se quedaran eternamente ahí sino para ser recicladas, transformadas y vaciadas de nuevo.

Lo que la abuela no alcanzó a percibir fue que la primera pérdida que esa niña iba a experimentar en su vida, estaba demasiado cerca y, mucho menos, que ella misma se iba a ver fuertemente afectada. Así como la Tierra primero había soñado con las flores, con los árboles, con los lagos y los ríos de su superficie, así la abuela había soñado con esa niña. Lo último que en ese momento hubiera pensado era que podría perderla. Presenciar el misterio de la vida era lo suficientemente impactante para evitar pensar en la muerte, en cualquiera de sus manifestaciones: el abandono, la pérdida, la desaparición. No, su mente y su corazón lo único que deseaban en ese momento era festejar la vida. Por tanto la abuela, quien había participado activamente durante todo el parto, miró con alegría y llena de embeleso cómo Malinalli abría los ojos y movía vigorosamente sus brazos.

Después de darle un beso en la frente, la depositó en los brazos de su padre, el Señor de Painala y procedió a efectuar el primer ritual del nacimiento, que consistía en el corte del cordón umbilical. Lo efectuó con una pieza de obsidiana que ella misma había preparado especialmente para la ocasión. La piedra había sido pulida con tanto esmero, que más parecía un refulgente espejo negro, que un cuchillo. Al momento del corte, la pieza de obsidiana capturó los rayos de sol que se filtraban por el techo de palma y los reflejó con fuerza en el rostro de la abuela. Los poderosos rayos de luz del astro solar atravesaron las pupilas de la abuela con tal magnificencia que dañaron irremediablemente su vista. En ese momento pensó que tal vez ése era el sentido de los alumbramientos: el acercamiento a la luz. También comprendió que al estar ayudando a su nuera a dar a luz, se había convertido en un eslabón más de la cadena femenina formada por generaciones de mujeres que se daban luz unas a otras.

Enseguida, la abuela depositó cuidadosamente a su nieta sobre el pecho de su nuera para que le diera la bienvenida. Al escuchar el latido de su madre, la niña se supo en lugar conocido y dejó de llorar. La abuela, tomó la placenta y salió a enterrarla junto a un árbol del patio trasero de la casa. La tierra estaba tan húmeda a causa de la lluvia que el entierro se efectuó mitad en la tierra y mitad en el agua. La otra mitad del ombligo de Malinalli más bien fue ahogado en la tierra. Con él, se sembraba la vida y se le devolvía a la tierra su origen. El cordón que une a la tierra con el cielo entregaba el alimento al alimento.

Pocos días después, la niña fue bautizada por su propia abuela, pues la tradición indicaba que debía hacerlo la partera que había traído una hembra al mundo. La ceremonia se realizó a la hora en que salió el sol. La niña estaba ataviada con un huipil y unas alhajas pequeñas que su abuela y su madre habían elaborado personalmente para ella. En medio del patio pusieron una palangana de barro pequeña y junto a ella colocaron una petaquilla, un huso y una lanzadera.

Sobre unos anafres de cerámica bellamente decorados, se puso a quemar copal. La abuela, con un incensario en la mano, se dirigió hacia el lugar por donde el sol estaba saliendo y le dijo al viento:

—Señor del Soplador, mueve mi abanico, elévame a ti, dame tu fuerza. Señor.

Como respuesta, un leve viento le rozó la cara y supo que el momento era propicio para el saludo a los cuatro vientos. Giró lentamente hacia los cuatro puntos cardinales mientras pronunciaba unas oraciones. Luego pasó el incensario por debajo del cuerpo de su nieta, quien era sostenida en vilo por las manos de sus padres, que la ofrendaban al viento. La pequeña figura, recortada sobre el azul del cielo, pronto se cubrió con el humo del copal, signo de que había comenzado su purificación.

Copyright © 2006 por Laura Esquivel.


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